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La trampa de la ideología “woke”

 protesta BLM

A imitación de los períodos de renacer religioso que se han dado en Estados Unidos desde los tiempos de las Trece Colonias, hoy se habla de un Gran Despertar de la América progresista blanca ante el problema del racismo. El objetivo es liberar al país de sus pecados fundacionales y, de paso, del sexo biológico, de la familia tradicional y del libre mercado. La nueva cruzada cultural se extiende ya por otros países.

La expresión “Gran Despertar” (Great Awokening, en el inglés de los afroamericanos) alude a la toma de conciencia por parte de una izquierda con buen nivel económico y educativo de la injusticia de un sistema que ha oprimido a los negros y a otras minorías raciales. Y cuya enmienda exige que los blancos expíen su culpa.

En el vocabulario de los activistas woke destacan algunos términos que van ganando peso en la opinión pública. Algunos hacen referencia a problemas reales que sufren los afroamericanos, como la pobreza y el deterioro de sus barrios, las variadas desigualdades, la violencia policial o las altas tasas de encarcelamiento. Pero otros exponen una visión del mundo que va más allá del racismo.

Palabras que crean cultura

Con la expresión “racismo sistémico” o “institucional” denuncian la omnipresencia de un mal que permanece enquistado en la sociedad por efecto de unas estructuras injustas. Para exorcizarlo, hay que mantenerse constantemente en guardia y despiertos (stay woke).

El “privilegio blanco” alude a las ventajas que acompañan a todo blanco desde su nacimiento y de las que debe hacerse consciente (check your privilege) como primer paso para enmendar el sistema. Unido a lo anterior está la noción de “supremacismo blanco”, que denuncia tanto la creencia de quienes se ven superiores a los no blancos como el empeño de perpetuar un sistema que refleje esa creencia. 

La “culpa blanca” puede entenderse como la otra cara del privilegio: si los blancos viven mejor, es por la discriminación histórica que pesa desde hace siglos sobre las minorías raciales –sobre todo, la esclavitud– y que en la actualidad demanda un programa de “reparaciones”. La culpa es colectiva y se hereda por el simple hecho de nacer blanco.

La “interseccionalidad” hace referencia al solapamiento de dos o más formas de discriminación, fruto de la confluencia de varias “identidades oprimidas” en una misma persona o grupo. Este concepto permite comprender por qué Black Lives Matter (BLM), una organización pensada en teoría para combatir el racismo, impulsa con fervor otras causas como la lucha contra el patriarcado, la “heteronormatividad” o el capitalismo.

Deudora del marxismo, la ideología woke ha cambiado la lucha de clases por la lucha de identidades. La vida social queda así reducida a un conflicto permanente entre opresores y oprimidos. El objetivo de esa lucha es la transformación de la cultura y de la sociedad a la medida de los postulados de BLM, que incluyen la “visión del mundo de la revolución sexual”, como explica R. Albert Mohler Jr. tras analizar algunos textos de la organización. A diferencia del movimiento por los derechos civiles de los negros de los años 60, que buscaba “la corrección de la conciencia y la cultura americanas” con espíritu constructivo, los activistas woke –añade Mohler– quieren desmantelar la civilización occidental, en la que ven la fuente de un sistema opresivo.

Para lograrlo, hay quienes creen que está justificado “cancelar”, boicotear o avergonzar (public shaming) a quienes discrepan con los miembros de unos grupos a los que se brinda una protección especial. La generalización de esas prácticas iliberales ha dado lugar al nacimiento de la “cultura de la cancelación” (cancel culture), denunciada por la ya célebre carta de la revista Harper’s.

A veces ni siquiera es necesario hablar para ser enfilado por los woke, pues el silencio de los blancos ante la injusticia racial se interpreta como una forma de violencia, como dice uno de los eslóganes del momento: “White silence is violence”. 

La “interseccionalidad” es la noción que permite combatir a la vez el racismo, el sexismo, la homofobia y el capitalismo

La causa de moda

¿Cuándo empezó el culto a estas ideas por parte de la América progresista blanca? El periodista de la revista Vox Matthew Yglesias, quien acaba de ser señalado públicamente por firmar esa carta, sitúa la gestación más inmediata del fenómeno woke entre 2011 y 2016. Un momento clave fue la muerte en 2014 del joven afroamericano Michael Brown, abatido por un policía blanco en Ferguson. Fue entonces cuando descolló el movimiento BLM, surgido un año antes.

Yglesias muestra con diversas encuestas cómo los blancos que se definen como progresistas o liberales han cambiado de opinión respecto al racismo en ese período. La toma de conciencia respecto del pasado de opresión que pesa sobre los blancos ha sido tan fuerte que sus ideas sobre la raza ahora están más a la izquierda que las de las propias minorías que han sufrido el racismo. Por ejemplo, el 87% de los liberales blancos cree que el país mejora cuanta más diversidad étnica y racial hay, algo que solo piensa el 54% de los negros y el 46% de los latinos. Además, los liberales blancos son más propensos que los negros a pedir para estos un trato de favor, y tienen una actitud más favorable hacia los inmigrantes que los latinos.

El Partido Demócrata ha tomado nota y ha cambiado rápidamente con los liberales blancos, que han crecido hasta convertirse en el grupo más numeroso de su electorado (el 40%). Según un experto citado por Yglesias, solo en la campaña para las presidenciales de 2016, Hillary Clinton habló de justicia racial más que Barack Obama en sus dos campañas.

Más recientemente, las protestas por la muerte de George Floyd han acentuado el interés por esta causa. Las empresas se han apuntado a lo que ya se conoce como “capitalismo woke”, una estrategia de gestos que les permite estar a bien con los jóvenes sin necesidad de cambiar su modelo de negocio. Varios candidatos de las primarias demócratas, como Elizabeth Warren, Kamala Haris o Beto O’Rourke, han reclamado algún tipo de reparación a los descendientes de esclavos. Ahora Joe Biden asegura que lo estudiará; de momento, acaba de anunciar un plan para corregir la injusticia racial.

Métodos iliberales

Estados Unidos ha vuelto a marcar tendencia y varios países se han apuntado a la ola woke, pese a tener un contexto histórico distinto. En junio, el primer ministro de Canadá Justin Trudeau incoó un mea culpa por el “racismo sistémico” que empapa “todas las instituciones” del país. Y, como exige el guion, cargó con los pecados de todos: “Como primer ministro, me resulta difícil reconocer que mi gobierno, que trata de ser progresista y abierto y de defender a las minorías, es culpable de discriminación sistémica”. Tras ser criticado días después por su pomposa gestualidad, su gobierno anunció un plan para combatir el racismo.

Los planes ofrecidos por Biden y Trudeau desmienten una de las críticas más habituales que se suele hacer al movimiento woke: su excesivo y supuestamente ineficaz simbolismo. Es verdad, como dice David Brooks, que a estos activistas se les da mejor producir eslóganes (“defund the police”) y gestos simbólicos (hincar la rodilla como protesta) que presentar medidas de mejora concretas. Y que el espacio donde mejor se mueven es en el de los símbolos culturales (el lenguaje, las estatuas, los nombres…). Pero Brooks pasa por alto las victorias políticas que acaban consiguiendo con sus tácticas intimidatorias: acoso en redes sociales, boicots comerciales, peticiones de despidos…

A la vista de sus métodos, el filósofo John Gray compara a los “insurgentes woke” con los bolcheviques que tomaron el poder en 1917, y les acusa de querer “imponer una visión única del mundo mediante el uso pedagógico del miedo”. Gray no niega los crímenes fundacionales de EE.UU. –la esclavitud de los negros y la confiscación de las tierras de los pueblos indígenas–, pero duda que el antagonismo racial, el resentimiento y la anarquía puedan traer algún tipo de redención. Más bien, lo contrario: “El rechazo de las libertades liberales aboca a la tiranía de la turba justa”.

Un nuevo colonialismo

Por su parte, Angela Nagle llama la atención sobre lo paradójico que resulta que la ideología woke se acabe convirtiendo en una forma de colonialismo. Lo ilustra con el caso de Irlanda, cuya deriva hacia el progresismo cultural cada día es más evidente. Nagle lamenta que una juventud bien situada haya importado de forma acrítica la narrativa moral que predican los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. El hecho de que esas empresas hayan recalado en Irlanda en busca de un trato fiscal favorable y hayan tirado para arriba de la economía del país, lo han dejado expuesto a su influencia cultural.

Esta es la triste paradoja de una nación que no temió enfrentarse a un imperio descomunal para ganar su independencia: el trato con las tecnológicas ha sido tan ventajoso para Irlanda  –continúa Nagel– que los irlandeses no han tenido reparos en cambiar la relación de servidumbre con el Imperio británico por otra con la oligarquía progresista estadounidense. “Los irlandeses pronto aprenderán que si tu economía se gobierna desde California, tu sociedad empezará a parecerse a California”.

El chantaje al que alude Nagel no es muy diferente del que plantean los activistas woke: o asumes sus premisas ideológicas y bendices sus métodos, o eres cómplice de racismo. Pero embarcarse en una causa justa –la lucha contra el racismo y la desigualdad racial– no da derecho a impulsar unas ideas por la fuerza, ni a que los demás las suscriban en bloque. Sobre todo, cuando a aquellos a quienes se pretende ganar para la causa solo se les afean sus privilegios y sus culpas.


TOMADO DE La trampa de la ideología “woke” - Aceprensa

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