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La rebelión del animal político

 Por qué el colapso de una nación empieza en el desprecio por la verdad y cómo recuperar el alma de la república



Mire a su alrededor. Si alguna vez se ha preguntado por qué el poder termina casi invariablemente en manos de incompetentes, cínicos o tiranos, sepa que no es el primero en sentir ese golpe en el estómago. Hace más de dos mil años, en una Atenas que se desmoronaba entre intrigas y vanidades, Aristóteles se sentó a diseccionar esa misma tragedia humana y nos dejó una respuesta incómoda, de esas que nadie en la actualidad parece dispuesto a tolerar.

Para empezar, destrozó de un solo tajo la excusa más cobarde de nuestro tiempo: A mí no me interesa la política.

No existe semejante refugio. El ser humano, sentenció el filósofo, es un zoón politikón: un animal político. La vida al margen de la comunidad es una fantasía biológica y moral. El que presume de no necesitar a sus semejantes, decía con una ironía implacable, o es una bestia salvaje que solo atiende a su instinto, o es un dios que nada precisa. Usted y yo no somos ninguna de las dos cosas. Somos seres frágiles de carne y hueso que necesitan leyes claras, calles seguras, pan sobre la mesa y tribunales limpios. Decir que la política no le importa no lo vuelve neutral ni superior; simplemente significa que ha decidido que otros escriban su destino, paguen sus desvelos y negocien su libertad a sus espaldas. Renunciar a opinar y a actuar es, en los términos más crudos, renunciar a la propia humanidad.

Nos han amaestrado para creer que el gobierno no es más que una fría oficina recaudadora encargada de parchar carreteras y cobrar tributos. Qué pobreza de horizonte. Para Aristóteles, el propósito supremo del Estado es mucho más noble y exigente: garantizar la eudaimonía, ese término griego que trasciende el bienestar material y apunta al florecimiento total del espíritu humano, a la posibilidad real de vivir una vida buena, digna y plena.

¿Por qué entonces todo termina pudriéndose? El sabio griego analizó cada sistema de gobierno conocido en su época y dio con una regla de precisión matemática: todo sistema se corrompe en el instante exacto en que los gobernantes dejan de servir al pueblo y comienzan a servirse a sí mismos.

  • La monarquía, concebida como el gobierno virtuoso de un hombre sabio, degenera en tiranía cuando ese gobernante utiliza el cetro con crueldad para aplastar a sus rivales y sostenerse sobre el puro terror.

  • La aristocracia, que pretendía ser la conducción de los más preparados e íntegros, se degrada en oligarquía cuando un puñado de multimillonarios secuestra las instituciones públicas para engordar sus patrimonios, exprimiendo a los trabajadores sin el menor asomo de piedad.

  • Pero la advertencia más aterradora de Aristóteles apuntó directo al corazón de nuestro orgullo moderno: la democracia. Supo ver que el gobierno de la mayoría, si carece de educación y pensamiento crítico, colapsa de forma inevitable en una farsa grotesca: la demagogia.

El demagogo es el parásito letal de la democracia. Es ese charlatán profesional que jamás ha tenido un plan real para resolver un problema de fondo, pero que domina a la perfección el arte de la impostura. Su método es tan antiguo como infalible: detecta los miedos más hondos de la gente, estudia sus heridas y les dice con voz engolada exactamente lo que quieren oír.

Aristóteles lo advirtió con amargura: cuando la masa está asustada o empobrecida, deja de pensar con el cerebro y empieza a reaccionar con el hígado. El demagogo no le pide que razone; le exige que odie. Así es como roba su voluntad. Su truco más gastado es inventarse un enemigo: le jurará que todas sus angustias son culpa de los extranjeros, de los ricos, de los pobres o del vecino de enfrente.

Si consigue que usted canalice su frustración hacia un chivo expiatorio, usted dejará de ver a un político oportunista y empezará a adorar a un salvador. El líder que lo adula con palabras huecas y le arroja limosnas inmediatas en lugar de ofrecer soluciones estructurales lo está tratando como a un niño idiota. Esa adulación servil a las masas no es carisma: es la metástasis que desmorona a las repúblicas por dentro.

Ese monstruo surge siempre del mismo caldo de cultivo: la desigualdad salvaje. Cuando un país se fractura entre una élite insultantemente rica y una muchedumbre agobiada que no sabe cómo llegará al final del día, la sociedad se parte en dos mitades condenadas a desearse la muerte. Aristóteles no tuvo contemplaciones con ninguno de los dos extremos:

  • Señaló que los obscenamente ricos crecen arrogantes y malcriados; convencidos de que las leyes jamás los alcanzarán, solo conciben la vida mandando como déspotas, incapaces para siempre de obedecer o dialogar entre iguales.

  • Pero advirtió con igual dolor que la miseria extrema aniquila el alma humana. El hombre atrapado en el hambre no tiene tiempo para la filosofía, ni para la moral, ni para el juicio sereno; desesperado, queda a merced de cualquier mesías que le extienda un mendrugo a cambio de su sumisión.

¿Cuál es la cura contra esta locura colectiva? Lo que Aristóteles denominó el justo medio. Una civilización solo se sostiene si cuenta con una clase media inmensa, robusta y culta. Esa franja ciudadana es el ancla de la nave común. No padece la insolencia ciega de los magnates ni arrastra el rencor desesperado de los desposeídos; es el único estamento capaz de sentarse a una mesa y escuchar la voz de la razón. Un país sin clase media no tiene futuro: es un polvorín a la espera de una chispa, condenado a despedazarse en una guerra civil perpetua.

Por eso los gobernantes perversos desprecian la educación genuina. Un pueblo que lee, que duda, que coteja y cuestiona sus dogmas es ingobernable; un pueblo cuya única ventana al mundo son los gritos de la televisión y el algoritmo del rencor es el rebaño perfecto.

Frente a esto, el filósofo grabó en piedra una regla dorada: es infinitamente mejor que gobierne la ley y no los hombres. El poder embrutece y las pasiones ciegan a cualquiera; las leyes, en cambio, se escriben en frío, con la lucidez serena de quien busca la justicia y no la gloria personal. Desconfíe a muerte de quien se presente prometiendo salvar la patria por sí solo a condición de que le entreguen el poder absoluto. Cada caudillo que atropella la constitución y derriba las instituciones termina, sin excepción histórica, ahogando a su propio pueblo en sangre.

Hoy nos han convencido de que la ciudadanía se agota en meter un papel en una urna cada cuatro años para luego desahogar la bilis en internet. Aristóteles escupiría sobre semejante mediocridad. Ser ciudadano es vigilar el poder sin pestañear, exigir cuentas a diario e intervenir en la comunidad. Recuerde la máxima que atraviesa los siglos: el castigo de los hombres justos que rehúyen la política es terminar siendo gobernados por los peores canallas. Cuando los hombres y mujeres íntegros se retiran asqueados porque «la política es un lodazal», no están protegiendo su pureza moral: le están entregando las llaves de la ciudad a la basura.

Y no se engañe: la política no ocurre únicamente en los palacios presidenciales ni en las cámaras legislativas. Política es la manera en que usted trata a su barrio. Política es alzar la voz cuando cometen una canallada contra un compañero en su trabajo. Política es negarse a vender la honestidad por una palmadita en la espalda o un ascenso mezquino. La tiranía nunca empieza en los cuarteles; nace en esas pequeñas claudicaciones cotidianas.

Mire cómo nos han dividido en tribus furiosas. O se es de un bando o se es del otro. Nos adiestran para odiar al que piensa distinto, mientras los jerarcas de uno y otro lado cenan en los mismos restaurantes de lujo y se reparten las ganancias a puerta cerrada. El fanatismo es la ceguera de los idiotas útiles. Si usted vota por un candidato simplemente para ver humillado al que le cae mal, no está ejerciendo un derecho cívico: está usando su voto como una rabieta infantil, y esa hoguera terminará devorando su propia casa.

Basta de buscar líderes entretenidos, histriónicos o hábiles para la retórica barata. La conducción de un país no es un espectáculo de variedades. Necesitamos gobernantes sobrios, rigurosos y serios; gestores enfocados en levantar escuelas de excelencia, tender acueductos duraderos y consagrar leyes justas. Exija competencia técnica e integridad moral, no payasadas de circo. Pero sobre todo, mírese al espejo: no se puede exigir un gobierno limpio si el ciudadano hace trampa en sus cuentas, miente en sus tratos y evade sus deberes. Los políticos en el poder no son invasores caídos del cielo: son el reflejo exacto de las miserias que toleramos en nuestra propia mesa.

El pegamento que mantiene en pie a una sociedad sana no es el dinero ni el mercado; es lo que Aristóteles llamó amistad cívica. Es la capacidad elemental de mirarnos a los ojos y reconocernos como tripulantes de una misma barca. No somos enemigos a muerte. Si el casco se fractura en la proa, los de popa no se salvan: nos hundimos todos en el mismo abismo.

La primera barricada contra cualquier tiranía no está en las barricadas callejeras, sino en las cuatro paredes de su casa. Críe hijos que piensen por su cuenta. Enséñeles a mirar con escepticismo a los que mandan, a contrastar los discursos y a rechazar los cánticos de la masa. Un joven dotado de pensamiento crítico e inmune al dogma es la peor pesadilla de un autócrata.

Si al apagar la pantalla y ver las noticias siente una náusea profunda, si la rabia lo paraliza y la tentación del cinismo lo empuja a rendirse, deténgase un instante. Su indignación no es un defecto: es la prueba irrefutable de que sigue vivo por dentro. Ese asco ante la podredumbre es la respuesta inmunológica de una conciencia sana que rechaza el veneno. No permita que le apaguen ese fuego. Perdónese por las ocasiones en que cayó en la trampa del odio fácil, por las discusiones que rompió con amigos por culpa de consignas prefabricadas y por haber servido de peón a titiriteros que no darían un centavo por usted. Todos hemos sido presa del miedo alguna vez, y el miedo nubla la inteligencia. Pero es hora de dar un paso al frente y salir del rebaño.

La masa es cobarde, ruidosa y voluble; el individuo que piensa en soledad y actúa con rectitud es silencioso, firme y temible. No subestime jamás el peso de una sola persona educada e insobornable: los demagogos cuentan con ejércitos de asesores, presupuestos millonarios y medios a su servicio, pero tiemblan de pánico ante un ciudadano que no tiene precio, que no agacha la cabeza y que sabe exigir la verdad.

Su mayor acto de resistencia política no es salir a vociferar; es convertirse en la versión más noble y rigurosa de sí mismo. Estudie con hambre, cuide su cuerpo, trabaje con maestría irreprochable, no venda su palabra por nada del mundo y cuide a su familia como a un tesoro. Una sociedad de personas fuertes y moralmente autónomas es una pesadilla ingobernable para cualquier déspota.

Y luego, dé el paso más difícil: vaya y tienda un puente con ese vecino que vota y piensa distinto a usted. Rompa las reglas del juego demagógico. En el instante preciso en que dos ciudadanos se dan la mano por encima de sus diferencias, el negocio del odio se queda sin clientes y los mercaderes del rencor pierden todo su poder.

La civilización no es un estado natural de las cosas; es un milagro frágil, laborioso y paciente. Costó ríos de sangre, sacrificios inmensos y siglos de pensamiento edificarla, y sin embargo basta un puñado de incompetentes soberbios para reducirla a cenizas en cuestión de semanas.

Usted es el único muro que sostiene esa estructura antes de que caigamos al vacío. Usted nació para la razón, para la grandeza y para la libertad. No permita que nadie le secuestre la mente ni le robe la dignidad. La época de voltear la mirada ha terminado. Es hora de despertar; es hora de volver a ser ciudadanos.

TOMADO DE La rebelión del animal político — Contexto Cuba

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