"La transición dictatorial de Cuba no debería engañar a nadie"
AUTOR Julio M. Shiling
La orden ejecutiva del presidente Donald J. Trump del 29 de enero de 2026, en la que se declara una emergencia nacional sobre Cuba y se autorizan aranceles a cualquier país que suministre petróleo al régimen, representa una escalada decisiva y largamente esperada. Por fin, la retórica dura se corresponde con acciones reales, y se está llevando a cabo una política aparente para desmantelar el dominio comunista de los Castro. Al cortar el suministro de petróleo subvencionado, que era el sustento de la isla —interrumpido por Venezuela tras la destitución de Maduro y luego prolongado mediante amenazas contra México y otros países—, la Administración está empujando al comunismo cubano al borde del colapso. Esto no es crueldad. Es una presión estratégica diseñada para forzar un cambio genuino en lugar de un «diálogo» interminable que sostiene la tiranía.
La versión cubana de la Nueva Política Económica de Lenin, el plan calibrado de mezclar la inversión extranjera bajo los auspicios dictatoriales, comenzó con Fidel Castro con el fin del comunismo soviético. Sin embargo, las raíces de la transición actual se afianzaron bajo el mandato del tirano más joven. Desde que Raúl Castro asumió el poder en 2006, Cuba ha experimentado una transición dictatorial calculada, que refleja el cambio de la Rusia postsoviética de una dictadura socialista totalmente centralizada a un totalitarismo cleptocrático. Lo que a algunos les pudo parecer una reforma ha sido una fachada calculada. Su formulación se diseñó para preservar el poder de la élite, el dominio militar y el régimen de partido único bajo la apariencia de aperturas limitadas. Mientras Estados Unidos se embarca en negociaciones o conversaciones (reales o inventadas) con la dictadura comunista de Castro, debe permanecer alerta ante la evolución engañosa del régimen. El putinismo en el Caribe debe ser rechazado de plano. Solo la libertad auténtica, la democracia multipartidista, las elecciones libres y justas y el Estado de derecho serán suficientes.
La era de Raúl Castro introdujo el «raulismo», un calculado manual de supervivencia que preservaba el control leninista de un solo partido mientras revestía el despotismo con elementos «privados» selectivos. Lejos de la liberalización, estos cambios fueron diseñados para enriquecer a la élite, afianzar el dominio militar y ganar tiempo en medio de la ruina económica. El conglomerado militar GAESA es la prueba A: este gigante opaco controla amplios sectores del turismo, el comercio minorista, las remesas, las importaciones y más —estimado en un 70 % o más de la economía— y genera miles de millones, mientras que los cubanos de a pie se enfrentan a apagones, estantes vacíos y desesperación. Recientes revelaciones muestran que GAESA acumula 18 000 millones de dólares en reservas, incluso cuando el régimen clama pobreza y priva a su pueblo de medicamentos. Se trata de una cleptocracia clásica: un capitalismo de Estado en el que las fuerzas armadas y los altos lores del Partido desvían la riqueza a través de acuerdos concesionales, todo ello al amparo de la impunidad.
Los «Lineamientos» (Directrices de política económica y social) de 2011 prometían eficiencia, expansión del autoempleo e inversión extranjera para lograr un crecimiento ambicioso. En realidad, operaban estrictamente dentro del marco férreo del Partido Comunista, con resultados anémicos —muy por debajo de los objetivos—, mientras que el dogmatismo burocrático acababa con el verdadero espíritu emprendedor. La Constitución de 2019 codificó esta trampa híbrida. La última carta magna de la dictadura cubana declaró el socialismo «irrevocable», reafirmó el liderazgo indiscutible del Partido y ofreció gestos simbólicos como el reconocimiento de la propiedad privada y los límites de mandato, pero no desmanteló nada fundamental. Es un reflejo de la transformación postsoviética de Rusia: la continuidad autoritaria enmascarada como modernización.
Entra en escena Miguel Díaz-Canel, el «presidente» títere sin apellido Castro desde 2018, un leal elegido a dedo que no cambió nada sustancial. Bajo su mandato, el régimen puso en marcha las MYPYME (micro, pequeñas y medianas empresas) en 2021, que ahora suman más de 11 000 y dan empleo a cientos de miles de personas. Los recientes ajustes de 2024-2025 endurecieron los controles: normas más estrictas para los socios, más actividades prohibidas, aprobaciones locales y mantenimiento de los monopolios estatales sobre los insumos clave. Las empresas privadas deben importar a través de los guardianes del régimen, alinearse con los «principios socialistas» y enfrentarse a cambios repentinos. No se trata de mercados libres, sino de un capitalismo concesionario, en el que las aparentes aperturas enriquecen a los compinches y a las élites políticas, mientras que el Partido conserva el poder de veto. Incluso las «reformas» de la inversión extranjera de 2025 —flexibilidad monetaria, aprobaciones más rápidas— permanecen encerradas dentro de las líneas rojas de la Constitución de 2019, lo que garantiza que no supongan una amenaza para la tiranía centralizada.
Esta evolución al estilo ruso —del comunismo dogmático a la cleptocracia oligárquica— supone un grave peligro. Al igual que la Rusia de Putin, los gobernantes de Cuba buscan la permanencia a través de ilusiones económicas, aliándose con China, Rusia e Irán mientras aplastan cualquier voz contestataria. El estrangulamiento petrolero de Trump, basado en la condición de patrocinador del terrorismo, la prohibición de visados y la aplicación de la ley Helms-Burton, apunta acertadamente a estas vulnerabilidades. Se hace eco de la presión que derribó a Maduro, demostrando que las sanciones funcionan cuando se aplican sin descanso.
El régimen castrista contraatacará con falsas promesas, «reformas» teatrales y súplicas humanitarias, con la esperanza de obtener concesiones ingenuas. Cualquier diálogo de Estados Unidos debe rechazar esta trampa de plano. No debe aceptarse ningún acuerdo que acomode la permanencia antidemocrática. No se debe aceptar una autocracia renombrada en la que las elecciones siguen siendo una farsa, los presos políticos permanecen encarcelados y los cleptócratas de GAESA conservan su botín. El pueblo cubano, que soporta calles desiertas, montones de basura, el colapso humanitario y crímenes contra la humanidad, espera una liberación real. El pueblo estadounidense necesita la seguridad de que se liquidará a un enemigo que ha matado a sus ciudadanos, saqueado su riqueza, permitido el terrorismo interno y servido de base subversiva para enemigos extranjeros. La era castrista-comunista debe terminar, no evolucionar. La libertad de Cuba está al alcance de la mano: Estados Unidos no debe pestañear ahora.
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🖋️Autor Julio M. Shiling
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”), el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.
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