La fuerza de EE.UU., o su amenaza, debe usarse en Cuba

 POR Julio M. Shiling

La fuerza de EE.UU., o su amenaza, debe usarse en Cuba







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Cuba no es simplemente autoritaria. Es un régimen totalitario. Durante más de seis décadas, el aparato castrocomunista ha ejercido un control total sobre todas las esferas de la vida cubana: política, económica, cultural y social. A diferencia de los sistemas autoritarios que toleran esferas privadas limitadas o aperturas graduales, el totalitarismo en Cuba exige una conformidad ideológica absoluta y la erradicación de la sociedad civil independiente. Esta distinción no es semántica. Es decisiva. Las transiciones hacia una democracia genuina desde regímenes totalitarios requieren una reformulación completa de la esfera política. Las medias tintas que se centran en pequeños ajustes económicos por aquí y en una empresa privada limitada por allá no erosionan los cimientos del poder. Por el contrario, afianzan la dictadura al proporcionarle nuevos recursos y legitimidad.

La historia lo demuestra. Las reformas económicas sin un cambio político radical y el establecimiento del Estado de derecho solo consolidan el control totalitario. China, Vietnam y Rusia son ejemplos de ello. La estrategia de supervivencia del régimen castrista siempre ha consistido en obtener concesiones de Occidente al tiempo que preserva su monopolio de la violencia y la ideología. En estos momentos, el castrocomunismo está tratando de ganar tiempo. Espera engañar a la Administración Trump haciéndole creer que el diálogo y los gestos graduales conducirán a un reparto del poder. Esto es una ilusión. La dictadura nunca renunciará voluntariamente al control. La mera amenaza creíble de una acción militar viable —o la acción en sí misma— sigue siendo el único mecanismo capaz de forzar el fin del régimen.

Las conversaciones entre el castrocomunismo y la administración Trump, vistas desde la perspectiva de los intereses nacionales de EE. UU. y las aspiraciones de los cubanos amantes de la libertad, están condenadas al fracaso sin el respaldo de la fuerza. El comunismo soviético se derrumbó, no a través de sesiones de conversaciones interminables, sino porque la Guerra Fría asumió un carácter ofensivo bajo el mandato del presidente Reagan. La claridad moral, la presión militar y la determinación estratégica hicieron añicos la ilusión de permanencia. Cuba exige el mismo enfoque. Sin una acción beligerante o la extracción de figuras clave de la estructura de poder para que se enfrenten a la justicia, el modelo venezolano —destituir a Maduro mientras se permite que el sistema chavista implosione, seguido de la estabilización y las elecciones— simplemente no es aplicable. Venezuela funcionaba como una neocolonia de la Cuba totalitaria, pero se inclinaba más hacia el autoritarismo que hacia el control total. El mayor arraigo de Cuba hace imposibles los acuerdos superficiales.

El propio pueblo cubano está enviando una señal inequívoca. Desde principios de marzo de 2026, protestas constantes han sacudido la isla, con jóvenes cubanos al frente exigiendo libertad y un cambio de régimen total. Estos manifestantes no están suplicando el fin del embargo estadounidense ni del llamado «bloqueo petrolero». Están culpando a la dictadura comunista de los apagones, el hambre, la represión y el robo de su futuro. El 13 de marzo —apenas unas horas después de la conferencia de prensa coreografiada del dictador Miguel Díaz-Canel, en la que confirmó las conversaciones en fase inicial con Estados Unidos— jóvenes cubanos en Morón, provincia de Ciego de Ávila, irrumpieron en la sede local del Partido Comunista de Cuba. Entraron en el edificio y prendieron fuego a muebles, material de propaganda y símbolos del régimen. No se trató de un estallido aislado. Fue un asalto directo al corazón del poder totalitario.

Estos acontecimientos ponen de manifiesto la fragilidad del régimen y la futilidad de la negociación. Hasta que la dictadura cubana no sienta realmente la presión en las más altas esferas, se aferrará al poder con todas las herramientas de coacción a su alcance. Estados Unidos posee los medios tecnológicos para ejercer precisamente esa presión sin desplegar un gran número de tropas terrestres. Los ataques estratégicos —utilizando drones, municiones de precisión y otras capacidades de ataque a distancia— dirigidos contra la cúpula de la estructura de mando del régimen, las instalaciones militares clave y los centros de control ideológico pueden desmantelar el aparato que sustenta el totalitarismo. Esto no sería una invasión. Sería una acción preventiva calibrada y un apoyo a un pueblo que ya se está levantando.

La alternativa es inaceptable. Si el castrocomunismo sobrevive a este momento de crisis, se convertirá en una «China caribeña» o en un «putinismo tropical». Un Estado totalitario híbrido con características cubanas que aproveche la geografía, los flujos migratorios y las alianzas con adversarios para proyectar su poder en todo el hemisferio occidental condenará a la región durante décadas. Tal resultado socavaría los objetivos fundamentales de seguridad nacional de Estados Unidos. El destino de Venezuela está indisolublemente ligado a este desarrollo. Un régimen cubano fortalecido seguiría exportando inestabilidad, ideología, drogas y agentes por toda América Latina y Estados Unidos. La democracia y la estabilidad en las Américas permanecerían en riesgo perpetuo. O se libera a Cuba, o el hemisferio se hunde más profundamente en la sombra tiránica.

El tiempo de las medias tintas ha pasado. El presidente Donald J. Trump y el secretario de Estado Marco Rubio han demostrado una gran determinación, y deben ser elogiados. Este valiente esfuerzo debe llevarse a un nivel superior. El pueblo cubano ha demostrado coraje en las calles y dentro de los bastiones del partido. Estados Unidos, como defensor indispensable de la libertad en el hemisferio, debe ahora igualar ese valor con firmeza estratégica. Una amenaza creíble de acción decisiva —o la acción en sí misma— puede producir el cambio de régimen que décadas de ciclos de diálogo no han logrado. La caída del comunismo cubano no solo liberaría a 11 millones de personas; aseguraría el hemisferio occidental para generaciones. Estados Unidos debe actuar: de forma preventiva, quirúrgica y sin disculpas.

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🖋️Autor Julio M. Shiling 
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y 
The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”),  el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.


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