Por qué el colapso de una nación empieza en el desprecio por la verdad y cómo recuperar el alma de la república Mire a su alrededor. Si alguna vez se ha preguntado por qué el poder termina casi invariablemente en manos de incompetentes, cínicos o tiranos, sepa que no es el primero en sentir ese golpe en el estómago. Hace más de dos mil años, en una Atenas que se desmoronaba entre intrigas y vanidades, Aristóteles se sentó a diseccionar esa misma tragedia humana y nos dejó una respuesta incómoda, de esas que nadie en la actualidad parece dispuesto a tolerar. Para empezar, destrozó de un solo tajo la excusa más cobarde de nuestro tiempo: A mí no me interesa la política. No existe semejante refugio. El ser humano, sentenció el filósofo, es un zoón politikón: un animal político. La vida al margen de la comunidad es una fantasía biológica y moral. El que presume de no necesitar a sus semejantes, decía con una ironía implacable, o es una bestia salvaje que solo atiende a su instinto, o...