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Niños sobreexigidos: la presión del éxito que lleva al fracaso

 

La diferencia entre exigir y sobreexigir radica en el tono emocional, en el tipo de expectativas y en la forma en que se acompaña los procesos del menor.© StockPlanets (Getty Images)

Encontrar el equilibrio adecuado entre la permisividad y la exigencia se convierte en un auténtico desafío en la crianza, pues implica combinar el amor y la comprensión con la firmeza y el establecimiento de los límites necesarios para un desarrollo adecuado. Si la balanza se inclina hacia la exigencia excesiva, el niño crecerá con muchos miedos e inseguridades y mostrará muchas dificultades para desarrollar correctamente su autonomía. Una presión desmedida que afectará negativamente en el desarrollo de su personalidad y en la forma en la que tome decisiones.

¡Un ocho no es suficiente! ¡Tienes que esforzarte mucho más! ¡Debes ser el mejor de tu equipo! ¡No puedes equivocarte tantas veces cuando tocas el violín! Estas frases son solo algunos ejemplos que reflejan un estilo educativo donde la exigencia puede llegar a debilitar la autoestima de un menor, transformar el aprendizaje en una fuente de ansiedad, convertir el error en un fracaso y hacer que el valor personal dependa del rendimiento. Es un acompañamiento que presiona, castiga el fallo, desconecta al niño del deseo de mejorar y disfrutar del aprendizaje. Que rompe el vínculo de seguridad con la figura adulta e invisibiliza los logros y avances, por centrarse solo en lo que falta

Las familias que educan desde la excesiva rigurosidad tienden a utilizar un estilo parental autoritario. Se trata de un modelo demasiado rígido, centrado en la obediencia, las normas estrictas y el control constante. En este tipo de crianza hay poco lugar para el diálogo, las muestras de afecto y la complicidad. En él, el adulto siempre tiene la última palabra y rara vez se da espacio para la negociación o la expresión emocional del niño.

Esta dinámica limita significativamente la confianza y la comunicación entre padres e hijos, dificultando que los menores se sientan escuchados, comprendidos y protegidos. Como consecuencia, suele generarse en el hogar un clima de tensión, malestar, desconfianza e incluso miedo, donde el vínculo afectivo se resiente y el desarrollo emocional se ve condicionado por la presión y la necesidad de agradar o evitar el castigo.

Aunque la intención de muchas familias es preparar a sus hijos para la vida, intentando inculcar la cultura del esfuerzo y que aspiren siempre al máximo, el exceso de exigencia acaba generando el efecto contrario: un deterioro del lazo afectivo. El niño que es acompañado bajo este enorme control puede sentirse insuficiente, presionado o constantemente evaluado, lo que debilita su seguridad emocional y la confianza en sus progenitores. Este tipo de relación puede originar un fuerte bloqueo ante los desafíos, baja autoestima, problemas emocionales y rechazo hacia el aprendizaje. Un niño que es educado de esta manera mostrará mucha inseguridad a la hora de tomar sus propias decisiones por miedo a equivocarse o a ser sancionado, obedecerá las órdenes sin cuestionarse las reglas, dependerá de la aprobación de sus adultos de referencia para hacer las cosas y evitará expresar lo que siente, piensa o necesita por temor a ser juzgado.

El exceso de exigencia acaba generando el efecto contrario: un deterioro del lazo afectivo.© Phynart Studio (Getty Images)

Sobreexigir a un niño no aumentará su rendimiento ni motivación por aprender ni le hará más tolerante a los errores. Vivir siempre bajo unas expectativas irrealizables provocarán en él una constante autoexigencia y una percepción distorsionada de su propio valor.

Enseñar a nuestros hijos a esforzarse, a ser responsables y a dar lo mejor de sí mismos es una parte fundamental de la educación. Sin embargo, es importante que esta enseñanza no se base en la presión constante, el miedo al error o la necesidad de complacer a los adultos. La clave está en fomentar una autoexigencia saludable donde el niño se comprometa con sus metas, persevere ante las dificultades y aprenda de los errores sin que ello afecte su autoestima o bienestar emocional. Educar la exigencia de forma saludable supondrá valorar el proceso más que el resultado, permitir el error como parte imprescindible del aprendizaje, establecer unas expectativas adecuadas y acompañar sin presionar, mostrando apoyo, comprensión y empatía

La diferencia entre exigir y sobreexigir radica en el tono emocional, en el tipo de expectativas que planteamos y en la forma en que acompañamos los procesos. La exigencia sana empodera y respeta los ritmos del niño. La sobreexigencia, en cambio, invalida, compara, etiqueta, genera ansiedad y transmite el mensaje de que solo se es valioso cuando se alcanza el resultado perfecto.

Si se desea que un niño se esfuerce por conseguir sus objetivos, el adulto deberá acompañarle, brindándole apoyo incondicional, alentándolo a perseverar, reconociendo sus logros y respetando el tiempo que necesita para aprender. Este acompañamiento fomenta la autonomía y la motivación, elementos clave para el desarrollo personal, social y académico

TOMADO DE Niños sobreexigidos: la presión del éxito que lleva al fracaso

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