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El éxito político

¿En qué consiste tener éxito en la política? ¿En arribar a un puesto haciendo lo que sea para lograrlo sin distinguir lo ético y lo inmoral? ¿En desempeñar el cargo sin beneficiar a los gobernados y solamente para satisfacer ambiciones personales? ¿En permanecer en el cargo sin respetar la normatividad que lo regula?

La responsabilidad del político debe ser tan evidente como la necesidad de que el corazón palpite para que haya vida. En el mismo caso, la necesidad de la honestidad equivale al riego sanguíneo en el cerebro para que ejerza la función de pensar. Digamos que éstas son características consustanciales del quehacer profesional. Hablemos pues de otras virtudes que un hombre público debe cultivar para ser exitoso. A mi juicio y por mi experiencia, agregaría el realismo y la sencillez.

No recuerdo dónde leí lo siguiente: “En el entierro de Stalin murieron 106 personas en la Plaza Roja. Su propia hija logró salvarse metiéndose debajo de un coche. Años después, un moscovita le da un codazo a su vecino y le dice: ‘Mira, ahí viene Jruschov’. El otro le contesta encogiéndose de hombros: ‘A ese yo lo conozco. En alguna ocasión observé que hasta alguien escupía a su paso’”. Mijail Gorbachov fue incluso abofeteado cuando años después de su dimisión intentó volver a la vida pública con resultados paupérrimos, su funeral fue bastante discreto. Adolfo Suárez tuvo una experiencia similar, después de ser el brillante y hábil autor de la transición a la democracia en España a la muerte de Franco, con el paso de los años fracasó en el intento de retornar al primer plano de la política.

Con los ejemplos anteriores pretendo distinguir que popularidad y juicio de la historia no son convergentes.

Junto con Hitler y Mao, Stalin es considerado uno de los gobernantes más sanguinarios de la historia. A medida que pasa el tiempo, con todo y sus defectos, crece la imagen de Nikita por haber develado las perversiones de la Revolución rusa y por ser, a mi juicio, el que evitó la tercera guerra mundial en 1962, cuando se dio la famosa crisis de los misiles instalados en Cuba.

Si consideramos como el factor más importante del éxito político el ocupar un cargo relevante, sin importar cómo se obtuvo ni el cumplimiento de sus deberes, tendríamos que calificar a Santa Anna y a Huerta como triunfadores. José Fouché, según relata su biógrafo Stefan Zweig, fue una figura relevante durante más de un cuarto de siglo, deambulando en Francia entre la Revolución, la dictadura y la monarquía con una extraordinaria capacidad para acomodarse en posiciones a veces contradictorias, sería el campeón de los políticos.

La conclusión es que el prototipo del hombre público tendría que ser maquiavélico, que no corresponde precisamente al pensamiento del florentino.

Mi opinión es todo lo contrario. El político exitoso es el que le proporciona más beneficios a su pueblo, lo cual es perfectamente mensurable hoy en día. A veces su mayor aportación, más que hacer un bien, es evitar un mal, como lo expresó Julio María Sanguinetti en un espléndido diálogo con José Mujica. Ambos, de partidos diferentes, fueron presidentes de Uruguay.

En la realidad latinoamericana, hay una nutrida bibliografía sobre liderazgos, desde caudillos, tiranos, buenos gobernantes, militares arbitrarios, y el tema ha sido materia para algunas novelas de nuestros premios Nobel de Literatura. Hoy, en todas nuestras naciones hermanas hay grandes dilemas entre presidencialismo, parlamentarismo, regímenes híbridos. Sin lugar a dudas el reto es el entendimiento entre poderes, la coordinación para hacer, ejecutar e interpretar las leyes.

El año próximo los mexicanos tendremos una nueva elección presidencial. Hemos sobreteorizado la política. Focalicemos a los personajes: su comportamiento, su calidad humana; cotejémoslos con los grandes personajes de la historia. Los tiempos, como siempre, así lo exigen.

TOMADO DE El éxito político

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