“EL DOMINIO INTERIOR DEL MASÓN”
*De la reacción a la gobernanza de sí mismo*
En el tránsito silencioso de la vida, el hombre suele atribuir a los acontecimientos exteriores la causa de su inquietud. Cree que es el mundo el que lo hiere, que son las palabras ajenas las que lo perturban, que son las circunstancias las que lo desestabilizan. Sin embargo, el sendero iniciático nos invita a una comprensión más profunda, más exigente y, al mismo tiempo, más liberadora: no es lo que ocurre, sino lo que interpretamos de ello, lo que verdaderamente nos afecta.
Esta idea, que ya en la filosofía antigua fue expresada con claridad por Epicteto en su Enquiridión (§5), nos recuerda —y aquí lo decimos como paráfrasis fiel de su enseñanza— que no son los hechos los que nos perturban, sino los juicios que formamos sobre ellos. Esta afirmación, lejos de ser meramente filosófica, encuentra en la Masonería un terreno fértil de aplicación práctica y simbólica.
El Aprendiz, al ingresar en la Logia, no es llamado a cambiar el mundo exterior, sino a trabajar su propia piedra. Y en ese trabajo, uno de los primeros descubrimientos es que la mayor parte de las perturbaciones que experimenta no provienen del exterior, sino de su interior aún no ordenado. La piedra no es golpeada desde fuera; es la propia irregularidad la que provoca la fricción.
El error del profano consiste en asumirse como centro de todo lo que ocurre. Todo gesto es interpretado como dirigido hacia él; toda palabra, como una alusión personal; toda circunstancia adversa, como un ataque. Esta visión egocéntrica no sólo es ilusoria, sino profundamente limitante.
El iniciado, en cambio, comienza a desprenderse de esa centralidad ilusoria. Aprende a observar sin reaccionar de inmediato, a discernir antes de juzgar, a comprender antes de responder.
En términos simbólicos, podríamos decir que el Masón comienza a trasladar el eje de su existencia desde el exterior hacia el interior. Ya no busca controlar lo que sucede, sino dominar la forma en que lo recibe. Y este dominio no es represión, sino gobierno consciente de sí mismo.
El Compás, como bien sabemos, no sólo traza límites en el plano simbólico; también representa la capacidad del hombre de circunscribir sus pasiones, de poner medida a sus reacciones, de no dejarse arrastrar por impulsos que aún no han sido sometidos al juicio de la razón y de la conciencia.
El dominio interior, entonces, no es otra cosa que la correcta aplicación de ese Compás sobre nuestra propia naturaleza.
Pero este dominio no se alcanza de manera inmediata. Es fruto del trabajo constante, del silencio reflexivo, de la observación sincera de uno mismo. Es en la Cámara de Reflexión interior donde el Masón descubre que muchas de sus perturbaciones no son más que interpretaciones precipitadas, proyecciones de inseguridades no resueltas, o juicios formados sin la debida luz.
Así, poco a poco, el iniciado comprende que no todo lo que le acontece tiene que ver con él. Que el mundo sigue su curso independientemente de su persona. Que los demás actúan desde sus propias limitaciones, sus propias sombras, sus propias luchas. Y en esa comprensión nace una libertad profunda: la libertad de no reaccionar, de no tomar como personal lo que no le pertenece.
Este es, QQ∴HH∴, uno de los grandes secretos del trabajo masónico: la verdadera fortaleza no está en imponerse sobre el mundo, sino en no ser dominado por las propias reacciones. No está en responder a cada provocación, sino en discernir cuándo el silencio es más sabio que la palabra. No está en evitar el conflicto exterior, sino en trascender el conflicto interior.
Cuando el Masón deja de asumirse como el centro de todo lo que ocurre, comienza a ver con mayor claridad. Y es en ese momento cuando el trabajo se vuelve verdaderamente consciente. Ya no golpea la piedra por impulso, sino con intención. Ya no reacciona, sino que actúa. Ya no se defiende constantemente, sino que se conoce. Y es entonces, cuando se produce el verdadero avance iniciático.
Porque el dominio de sí mismo no es una metáfora: es una conquista. Es el momento en que el hombre deja de ser esclavo de sus interpretaciones y comienza a ser arquitecto de su conciencia. Es cuando la Logia deja de ser un espacio externo y se convierte en una realidad interior permanente.
No es lo que sucede lo que define al Masón, sino la forma en que lo integra, lo comprende y lo trasciende.
Así lo pienso. Así lo sostengo en conciencia. Y así lo expreso.
Muchas gracias,
QQ∴HH∴ Conrado Milanes M∴M∴ Respetable Logia Luz de America No. 255 La Muy Respetable Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de el Estado de la Florida
TOMADO DE https://cadenafraternal.com/. planchas.
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