El despertar de Estados Unidos frente a la extrema izquierd

 


Julio M. Shiling

En un discurso histórico pronunciado ante representantes de más de 70 países en la Conferencia Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, celebrada en el Departamento de Estado de EE. UU. el 16 de julio de 2026, el secretario de Estado Marco Rubio lanzó un llamamiento contundente. Esto marca un giro decisivo en la política exterior e interior estadounidense. Estados Unidos —declaró Rubio— se compromete formalmente a combatir los movimientos extremistas de la izquierda radical que llevan mucho tiempo poniendo en peligro la civilización occidental y la propia república estadounidense. Durante demasiado tiempo, las actividades terroristas y violentas arraigadas en el extremismo ideológico han gozado de una preocupante impunidad, amparadas por narrativas comprensivas en los medios de comunicación, el mundo académico y las instituciones de élite. Esa era de indulgencia está llegando a su fin.


El discurso de Rubio fue a la vez analítico y normativo. Hizo hincapié en que los grupos de inspiración marxista no son actores marginales que operan de forma aislada, sino componentes de una red internacional sofisticada y bien coordinada dedicada a promover variantes del socialismo y a socavar las sociedades democráticas. Rubio señaló —recordándoselo a su audiencia de forma contundente en más de una ocasión— que el régimen comunista de Cuba ocupa un lugar central en esta red. Durante décadas, La Habana ha servido de centro neurálgico para el terrorismo de extrema izquierda, reclutando, entrenando y respaldando movimientos marxistas y tercermundistas en todo el hemisferio y más allá. Su «extensa red ideológica y de inteligencia» contribuyó a la formación de la extrema izquierda en Estados Unidos y sigue estando indisolublemente vinculada a grupos y movimientos de extrema izquierda tanto dentro como fuera de Occidente. 

Este anuncio representa una ofensiva estructural bienvenida de Estados Unidos contra la guerra que el comunismo libra actualmente contra Occidente. En muchos aspectos, reaviva un enfoque político que resultó en gran medida exitoso durante la Guerra Fría. Desde el inicio de esa lucha existencial, Estados Unidos reconoció la amenaza subversiva que representaban las fuerzas soviéticas y sus aliadas. La Cuba de los Castro se situó al frente de este asalto, exportando la revolución a través de campos de entrenamiento terrorista que prepararon a decenas de miles de guerrilleros marxistas. Grupos como las FARC, el ELN, los Tupamaros, los Montoneros, las Brigadas Rojas de Italia y la Fracción del Ejército Rojo de Alemania encarnaban el lado violento de esta ideología. Occidente se enfrentó a estas amenazas con determinación, cooperación en materia de inteligencia y claridad ideológica.

Trágicamente, esa vigilancia decayó con la caída de la URSS. Una ola de triunfalismo condujo a la creencia errónea de que la historia había llegado a su fin y de que la liberalización económica produciría inevitablemente la democracia en todas partes. Occidente, especialmente en el marco de políticas que fomentaban la integración de China en los mercados globales, apostó por que los mecanismos de mercado domarían el comunismo. Esa apuesta fracasó estrepitosamente. El Partido Comunista Chino se adaptó, conservando el control totalitario al tiempo que se aprovechaba del comercio mundial. Mientras tanto, el marxismo se reinventó a sí mismo a través de canales culturales e ideológicos, en lugar de puramente económicos.

Arquitectos intelectuales como Antonio Gramsci y la Escuela de Frankfurt proporcionaron los planos. El concepto de hegemonía cultural de Gramsci instaba a los revolucionarios a hacerse con el control de las instituciones —la educación, los medios de comunicación, las artes y la sociedad civil— en lugar de arrebatar el poder del Estado únicamente mediante la confrontación. La teoría crítica de la Escuela de Frankfurt diseccionó la sociedad occidental como intrínsecamente opresiva, sentando las bases para las críticas posmodernas que erosionaron la confianza en la verdad objetiva, la tradición y la identidad nacional. Estas ideas florecieron a finales del siglo XX y principios del XXI, encontrando su expresión en los revolucionarios de la política identitaria que se rebautizaron como antifascistas, ecologistas radicales, anticapitalistas y globalistas. En algunos casos, estas corrientes se han fusionado incluso con corrientes del yihadismo islámico, creando amenazas híbridas que explotan los agravios bajo la bandera de la «liberación».

El resultado ha sido una incursión sostenida en el tejido cultural y político de Occidente. Lo que comenzó como una teoría académica se ha manifestado en forma de violencia callejera, captura institucional y políticas que priorizan la división frente a la cohesión. Las redes antifa, que operan a nivel transnacional con coordinación cifrada y propaganda compartida, ejemplifican la cara moderna de este desafío. Rubio destacó el aumento de la violencia de extrema izquierda en Europa, incluido un incremento de más del 40 % en Alemania y el predominio de actores de extrema izquierda en los incidentes radicales griegos. En EE. UU., la designación de grupos violentos de extrema izquierda como «Organizaciones Terroristas Extranjeras», junto con nuevas sanciones a entidades cubanas como el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) y otras, son señal de una acción concreta.

Este replanteamiento de la política del siglo XXI llega en un momento propicio. La Administración Trump parece dispuesta a impulsar los esfuerzos para un cambio de régimen en Cuba. Es crucial abordar esta fuente de inestabilidad regional y exportación ideológica que viene de lejos. Al atacar las vías vitales financieras y operativas de estas redes —mediante sanciones, intercambio de información de inteligencia, talleres para las fuerzas del orden (el próximo de ellos coorganizado por Alemania) y programas de «Recompensas por la Justicia»—, Estados Unidos está reconstruyendo la infraestructura de la victoria.

Los críticos pueden tachar esto de extralimitación partidista o de amenaza exagerada. Sin embargo, la historia y las pruebas cuentan una historia diferente. Desde las atrocidades de Sendero Luminoso en Perú hasta las ejecuciones de las Brigadas Rojas y los disturbios actuales vinculados a Antifa, el extremismo de extrema izquierda ha enmascarado sistemáticamente el resentimiento y la destrucción bajo el lenguaje de la justicia y la igualdad. Rubio lo expresó de forma contundente: se trata de «un resentimiento venenoso… una necesidad abrumadora de derribar lo que hombres más grandes han construido». Los actores de extrema izquierda desprecian a Occidente precisamente por su grandeza: su prosperidad, sus libertades y sus logros.

La readopción por parte de Estados Unidos de una postura firme frente a estas fuerzas no es meramente defensiva. Es, en realidad, una reafirmación de la confianza en la civilización. Al forjar coaliciones en Europa, América Latina y Asia, incluso en medio del escepticismo de algunos aliados acostumbrados a restar importancia a la amenaza, Estados Unidos está liderando como lo hizo durante la Guerra Fría. La batalla es tanto ideológica como operativa. Exige claridad sobre la incompatibilidad de los marcos de referencia de origen marxista con la libertad individual, el Estado de derecho y el desarrollo humano.

Como subraya el discurso del secretario Rubio, Estados Unidos ya no tolerará que los regímenes marxistas radicales y sus representantes exporten la subversión. Esta postura ofensiva, que vincula las lecciones históricas con los peligros actuales, ofrece la esperanza de que Occidente pueda recuperar la iniciativa. Lo que está en juego no podría ser más importante: la preservación de la civilización que ha aportado una libertad y un progreso sin precedentes frente a ideologías que, una y otra vez, han traído consigo tiranía y ruina. Al afrontar de frente este desafío interconectado, Estados Unidos deja claro que está dispuesto, una vez más, a defender los principios que lo definen.


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🖋️Autor Julio M. Shiling 
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y
The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”),  el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio. Sigue a Julio en:

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