La dignidad más allá de la utilidad”
Hay una tentación silenciosa que no aparece escrita en los reglamentos ni en los Landmarks, pero que puede infiltrarse en cualquier taller: valorar al hombre no por lo que es, sino por lo que aporta; no por su dignidad, sino por su utilidad.
En el mundo profano, esta dinámica es común. Mientras alguien resulta necesario, es apreciado. Mientras su presencia resuelve, sostiene o aporta, sus defectos se suavizan y sus errores se justifican. Pero cuando deja de ser necesario, la percepción cambia. No porque la persona haya cambiado, sino porque cambió la conveniencia.
La Masonería, sin embargo, nos llama a un estándar más alto. Cuando juramos ante el Ara, no prometimos fraternidad condicional. No prometimos respeto mientras haya beneficio. No prometimos lealtad mientras exista utilidad. Prometimos actuar conforme a la Ley Moral, y la Ley Moral no fluctúa con la conveniencia.
Aquí radica el punto central de esta reflexión:
¿Valoramos al hermano por su dignidad intrínseca o por la función que desempeña? ¿Nuestra estima es constante o circunstancial?
El iniciado trabaja la Piedra Bruta precisamente para eliminar esas asperezas interiores que nacen del interés, del orgullo y de la utilidad mal entendida.
El masón auténtico no convierte al hermano en instrumento, porque sabe que hacerlo es degradar primero su propio carácter.
La Escuadra nos enseña rectitud. Y la rectitud no es selectiva. No se activa cuando conviene ni se desactiva cuando ya no hay beneficio.
El Compás nos enseña dominio, y ese dominio incluye la capacidad de no dejarnos gobernar por la conveniencia o por el ego. Si valoramos sólo mientras necesitamos, nuestra fraternidad es frágil.
Si respetamos sólo mientras recibimos, nuestra virtud es inestable.
Y una virtud inestable no es virtud: es estrategia. Existe un orden moral que trasciende nuestras opiniones momentáneas. No es castigo, ni amenaza, ni venganza.
Es equilibrio. El hombre que mide a los demás por su utilidad termina creando a su alrededor relaciones igualmente utilitarias. Y quien siembra conveniencia recoge conveniencia. Por eso el trabajo iniciático exige coherencia.
El verdadero masón debe aprender a permanecer estable en su reconocimiento, en su trato y en su respeto, tanto cuando necesita como cuando no necesita; tanto cuando recibe como cuando no recibe.
Porque el mundo gira. Las posiciones cambian. Hoy puedo estar en el lugar del que da; mañana en el lugar del que necesita. Hoy puedo ser fuerte; mañana vulnerable. Y si nuestra conducta depende de la circunstancia, no estamos gobernados por principios, sino por conveniencia.
La dignidad, en cambio, no depende de la función. La dignidad no se concede ni se retira según utilidad. La dignidad es inherente al ser humano, y en Masonería la reconocemos como base de la verdadera fraternidad. Trabajar la dignidad más allá de la utilidad es trabajar el carácter. Es negarse a instrumentalizar al hermano. Es comprender que nuestra estabilidad moral es más importante que cualquier beneficio circunstancial.
El reconocimiento circunstancial es variable. La verdadera rectitud debe ser constante. Y cuando llegue el momento en que nadie necesite nada de nosotros —ni cargos, ni favores, ni funciones— lo único que permanecerá será el carácter que hayamos construido. Ahí se mide al masón.
Es mi palabra, planchas
QQ∴HH∴. M∴M∴ Conrado Milanes Respetable Logia Luz de America No. 255
La Muy Respetable Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de el Estado de la Florida
TOMADO DE
Comentarios
Publicar un comentario