La oposición de utilería: cuando la disidencia termina administrando el sistema

 


De Idolidia Darias en 08/19/2026

Por Redacción / Florida / USA / La oposición de utilería: cuando la disidencia termina administrando el sistema

Hay una pregunta incómoda que buena parte del debate sobre Cuba prefiere esquivar: ¿toda oposición al castrismo conduce necesariamente hacia la libertad?

La respuesta, por supuesto, debería ser no. En política, las etiquetas pueden engañar. Alguien puede declararse opositor, denunciar al régimen, participar en campañas internacionales contra La Habana e incluso convertirse en una figura mediática de referencia y, sin embargo, terminar defendiendo —consciente o inconscientemente— un marco político que no cuestiona las estructuras ideológicas que han contribuido a mantener el problema.

Ahí aparece una distinción fundamental: oponerse a un gobierno no es exactamente lo mismo que defender una alternativa de sociedad.

Durante décadas, el régimen cubano construyó su legitimidad sobre una idea sencilla: cualquier adversario suyo era presentado como enemigo de la patria, agente extranjero o representante de intereses reaccionarios. La respuesta de buena parte de la oposición consistió, lógicamente, en reivindicar libertades civiles, pluralismo, derechos humanos y democracia.

Pero con el tiempo ha aparecido otro fenómeno que merece ser examinado con mucha más atención: la posibilidad de que determinados sectores de la oposición mediática terminen incorporando buena parte del mismo lenguaje cultural, político y conceptual dominante en determinados circuitos internacionales.

Y aquí es donde la discusión deja de ser exclusivamente cubana.

El nuevo libreto

En distintos espacios occidentales se ha consolidado una forma de política que privilegia determinadas causas culturales, identitarias y sociales, mientras relega a un segundo plano cuestiones clásicas de soberanía, nación, instituciones, propiedad, responsabilidad individual y límites al poder.

No todo lo que proviene de esos debates es necesariamente negativo. Sería absurdo meter en un mismo saco la defensa de los derechos humanos, la igualdad ante la ley y las agendas ideológicas contemporáneas.

El problema aparece cuando la libertad comienza a definirse exclusivamente desde una determinada matriz cultural.

Entonces ocurre algo paradójico: se denuncia la censura del régimen cubano, pero se evita discutir la naturaleza de la ideología que lo sustenta; se reclama pluralismo, pero se sospecha de determinadas posiciones políticas por considerarlas demasiado conservadoras; se habla de democracia, pero se intenta determinar de antemano qué sectores de la sociedad serán considerados legítimos participantes de esa democracia.

Y así puede surgir una oposición que combate al régimen en determinados aspectos, pero que al mismo tiempo comparte suficientes códigos con el establishment cultural internacional como para resultar perfectamente asimilable por él.

Ese es el verdadero problema de la llamada disidencia controlada.

No necesariamente porque exista una oficina secreta que dicte cada movimiento. Esa explicación sería demasiado simple. El control moderno puede funcionar de manera mucho más sofisticada: mediante financiación, prestigio institucional, selección de interlocutores, acceso a medios, legitimación académica, premios, plataformas internacionales y, sobre todo, mediante la creación de un marco de lo políticamente aceptable.

No hace falta ordenar a alguien qué decir. Basta con establecer qué discursos reciben micrófonos y cuáles quedan fuera.

El adversario que sí resulta cómodo

Una oposición puede ser incómoda para un régimen y, al mismo tiempo, perfectamente cómoda para determinados sectores del poder internacional. Esta aparente contradicción es importante.

Una oposición que pide elecciones libres, pero no plantea con claridad qué modelo económico y constitucional desea construir; que denuncia la represión, pero evita discutir el papel de la propiedad privada; que reclama democracia, pero considera sospechosa cualquier expresión de patriotismo que no encaje con determinadas categorías culturales; que habla de derechos humanos, pero relativiza la soberanía nacional, puede terminar convirtiéndose en una oposición administrable.

Y una oposición administrable puede ser muy útil. Puede canalizar el descontento social hacia determinadas vías. Puede ofrecer una imagen de pluralismo. Puede convertirse en interlocutora internacional. Puede generar titulares. Puede incluso convertirse en una industria política y mediática alrededor del conflicto cubano.

Pero la pregunta esencial permanece:¿Qué ocurre cuando esa oposición llega al poder?

Porque derribar una estructura autoritaria no es suficiente. Después hay que construir. Y construir requiere mucho más que consignas.

Requiere instituciones, división de poderes, propiedad, seguridad jurídica, educación, responsabilidad fiscal, fuerzas armadas subordinadas al poder civil, medios independientes, respeto a la soberanía y una concepción clara de ciudadanía.

El miedo a una derecha democrática

Aquí aparece quizá el elemento más revelador.

Durante décadas, cualquier propuesta de derecha fue demonizada en Cuba por el aparato revolucionario. «Reaccionario», «burgués», «proimperialista» y «contrarrevolucionario» fueron algunas de las etiquetas utilizadas para deslegitimar al adversario.

Sería una tragedia histórica que, después de seis décadas de comunismo, una futura Cuba democrática heredara el mismo mecanismo de exclusión, simplemente cambiando las etiquetas.

Porque una democracia auténtica debe admitir la existencia de una derecha democrática, liberal, conservadora, nacional, soberanista o tradicionalista, exactamente igual que debe admitir una izquierda democrática.

La libertad no consiste en reemplazar una ortodoxia por otra.

Si una Cuba poscastrista solamente permite una determinada izquierda cultural, mientras presenta cualquier expresión de conservadurismo nacional como sospechosa, retrógrada o peligrosa, no habrá construido una democracia plena. Habrá cambiado el administrador del sistema.

Y eso es precisamente lo que debería preocupar.

Cuba no necesita una oposición con permiso

La historia enseña que los sistemas políticos no sobreviven únicamente mediante la represión. También sobreviven mediante la capacidad de absorber, fragmentar y neutralizar a sus adversarios.

Una oposición puede ser neutralizada cuando se la reprime. Pero también cuando se la divide. Cuando se la convierte en espectáculo. Cuando se seleccionan sus representantes. Cuando determinadas figuras adquieren tanta visibilidad que terminan monopolizando la definición de lo que significa ser opositor.

Y cuando se establece una especie de frontera invisible: determinadas críticas al régimen son aceptables, mientras otras —especialmente aquellas que cuestionan simultáneamente al castrismo y a determinadas corrientes ideológicas internacionales— son consideradas inconvenientes.

Ese mecanismo no necesita necesariamente una conspiración centralizada. Puede funcionar como una red de incentivos.

Los medios buscan determinadas historias. Las organizaciones financian determinados proyectos. Las instituciones premian determinados discursos. Las redes sociales amplifican determinados mensajes. Los intelectuales legitiman determinadas categorías. Y finalmente se produce un resultado aparentemente espontáneo:

-la oposición empieza a parecerse a aquello que el ecosistema que la sostiene considera aceptable.

La trampa del «anticastrismo suficiente»

Ser anticastrista no debería ser una ideología completa. Es, en el mejor de los casos, un punto de partida. Porque una cosa es saber contra qué se está y otra muy diferente saber por qué se está a favor.

Una Cuba libre no puede construirse solamente alrededor del rechazo a Fidel Castro, Raúl Castro o Miguel Díaz-Canel. Hay que responder preguntas mucho más difíciles:

-¿Qué entendemos por nación?

-¿Qué papel tendrá el Estado?

-¿Qué ocurrirá con las propiedades confiscadas?

-¿Cómo se garantizará la libertad económica?

¿Qué relación tendrá Cuba con Estados Unidos?

-¿Cómo se reconstruirá la educación?

-¿Cómo se recuperará la memoria histórica?

-¿Qué lugar ocuparán las Fuerzas Armadas?

-¿Cómo se garantizará la independencia judicial?

-¿Qué papel tendrán las iglesias, asociaciones civiles y organizaciones comunitarias?

-¿Habrá espacio para una derecha democrática?

-¿Podrán coexistir liberales, conservadores, socialdemócratas, democristianos y otras corrientes?

-¿Quién definirá los límites de la nueva cultura política?

Estas preguntas son mucho más importantes que determinar quién tiene más seguidores en redes sociales.

La batalla decisiva será cultural

El castrismo comprendió hace mucho tiempo algo que sus adversarios tardaron demasiado en comprender: quien controla la educación, la cultura y la memoria termina teniendo una enorme influencia sobre el futuro político.

Por eso la batalla cubana no puede reducirse a cambiar dirigentes.

También habrá que reconstruir la memoria. Recuperar nombres. Revisar libros de historia. Restituir voces silenciadas. Reconocer a quienes fueron perseguidos. Reexaminar confiscaciones. Contar la historia del exilio. Reconocer a las víctimas. Y permitir que distintas interpretaciones compitan libremente.

Porque si se destruye una versión oficial de la historia para sustituirla por otra versión igualmente selectiva, no habremos terminado con el memoricidio. Simplemente habremos cambiado de narrador.

Y precisamente aquí reside una de las grandes amenazas para una futura transición cubana: que el régimen desaparezca políticamente, pero sobrevivan sus mecanismos culturales de control bajo nuevas etiquetas.

La libertad no necesita tutores

Una sociedad libre no debería necesitar una oposición cuidadosamente seleccionada para decirle qué pensar. Tampoco necesita una élite cultural que determine qué opiniones son legítimas. Mucho menos necesita que desde Washington, Miami, Madrid, Bruselas o cualquier otra capital se decida quién representa a los cubanos.

Los cubanos deben poder decidirlo. Eso implica aceptar algo que puede resultar incómodo para muchos: una Cuba democrática no necesariamente será ideológicamente homogénea.

Habrá conservadores. Habrá liberales. Habrá socialdemócratas. Habrá nacionalistas. Habrá religiosos y no religiosos. Habrá empresarios y sindicalistas. Habrá personas nostálgicas de determinadas etapas de la historia republicana y otras que las rechacen. Habrá debates sobre inmigración, economía, educación, cultura, familia, relaciones exteriores y soberanía. Y eso no será una amenaza para la democracia.

Eso será la democracia.

La verdadera libertad no consiste en garantizar que gane nuestra corriente política. Consiste en construir un sistema donde podamos perder las elecciones sin perder nuestros derechos.

El desafío para la oposición

Por eso la oposición cubana debería hacerse una pregunta incómoda: ¿Estamos luchando para sustituir un sistema o simplemente para cambiar quién administra determinadas parcelas de poder?

Porque si la respuesta es lo segundo, el proyecto queda incompleto. Cuba no necesita una oposición de utilería. No necesita figuras fabricadas para consumo internacional. No necesita una disidencia que sea valiente frente al castrismo pero tímida frente a las nuevas ortodoxias.

Necesita ciudadanos libres. Necesita pensamiento independiente. Necesita periodistas capaces de incomodar a todos. Necesita intelectuales que no dependan de subvenciones ideológicas. Necesita artistas que no tengan que pedir permiso a ningún poder. Necesita una derecha democrática que pueda defender la nación sin ser confundida automáticamente con autoritarismo. Necesita una izquierda democrática que pueda defender la justicia social sin reproducir el colectivismo.

Y, sobre todo, necesita recuperar una idea que el castrismo intentó borrar durante décadas: la patria no pertenece al Estado, ni al Partido, ni a una élite cultural, ni a una oposición determinada.

La patria pertenece a sus ciudadanos. Por eso el verdadero desafío no consiste solamente en derrotar al castrismo. Consiste en impedir que, después de su desaparición, otra estructura ideológica decida quién tiene derecho a definir Cuba.

Porque una revolución política que no viene acompañada de una verdadera libertad intelectual puede terminar produciendo simplemente una nueva ortodoxia. Y Cuba ya ha tenido demasiadas.

La próxima vez, quizá el objetivo no debería ser encontrar quién sustituya al viejo poder. Debería ser construir una sociedad en la que ningún poder vuelva a tener la capacidad de convertirse en dueño absoluto de la nación.

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