Por Idolidia Darias / Florida / USA / Arte política y verdad. Los artistas incómodos: el largo olvido de quienes nunca negociaron. |
En la historia cultural cubana existe una paradoja difícil de ignorar. Mientras algunos creadores han alcanzado una amplia visibilidad internacional gracias a discursos compatibles con las sensibilidades políticas dominantes de cada época, otros permanecen relegados a un segundo plano pese a haber sostenido durante décadas una confrontación abierta con uno de los sistemas de censura más longevos de América Latina. |
No se trata únicamente de una cuestión estética ni de preferencias musicales o literarias. Es, sobre todo, una cuestión de memoria y de legitimidad. ¿Quién decide qué artista representa la resistencia cubana? ¿Quién construye el canon del disenso? |
La figura de Gorki Luis Águila Carrasco sirve como punto de partida para responder estas preguntas, aunque el fenómeno trasciende ampliamente su caso personal. |
Fundador de la banda de punk rock Porno para Ricardo, Gorki convirtió la irreverencia en un acto político cuando todavía era impensable desafiar públicamente al poder dentro de la isla. Mientras buena parte de la oposición aún buscaba espacios de negociación y numerosos intelectuales preferían el silencio para preservar sus carreras, él eligió un lenguaje frontal, sin metáforas conciliadoras. |
Su conocida canción dirigida a Fidel Castro —con una de las frases más provocadoras pronunciadas públicamente contra el gobernante durante su vida— pasó a formar parte del imaginario de la resistencia cultural cubana. No era únicamente una provocación. Era la ruptura de un tabú cuidadosamente construido durante décadas por un régimen que había convertido la figura del líder en un símbolo prácticamente intocable. |
Pero la trayectoria de Gorki no puede reducirse a esa anécdota. |
Además de músico, ha desarrollado una notable obra gráfica y cartelística, menos conocida por el gran público, donde el humor negro, la sátira política y la crítica social dialogan con una estética deliberadamente incómoda. Su activismo artístico tuvo un costo elevado: vigilancia permanente, interrogatorios, detenciones, prisión y una campaña sistemática de hostigamiento por parte de la Seguridad del Estado. |
Uno de los episodios que mejor resume su actitud ocurrió cuando las autoridades decidieron sancionarlo por el supuesto delito de «desobediencia». En lugar de pagar discretamente la multa impuesta, se presentó con miles de monedas de cinco centavos, obligando a los funcionarios a contarlas una por una. Más que una simple burla, aquel gesto representaba una forma de resistencia simbólica frente al aparato burocrático de la represión. |
Con el tiempo, el cerco terminó empujándolo al exilio, una experiencia compartida por numerosos creadores cubanos que comprendieron que permanecer en la isla significaba aceptar un horizonte de censura permanente. Tras ser detenido y obligado a abandonar el país, Gorki se estableció en México, donde continúa sin poder ingresar a Estados Unidos, una situación migratoria que ha contribuido también a su invisibilidad dentro de determinados circuitos culturales. |
Sin embargo, centrar toda la discusión en Gorki sería simplificar un fenómeno mucho más profundo. |
Los artistas que no encajaron en ningún relato |
La cultura cubana del exilio suele dividirse entre dos narrativas dominantes. |
Por un lado, los artistas legitimados por las instituciones culturales oficiales de La Habana, cuya obra se presenta internacionalmente separada de cualquier cuestionamiento político sustancial al sistema. Por otro, determinados creadores opositores cuya crítica resulta compatible con los lenguajes políticos que predominan hoy en universidades, festivales, fundaciones y medios occidentales. |
Pero existe un tercer grupo mucho menos visible. Son artistas que denunciaron la naturaleza autoritaria del castrismo mucho antes de que esa denuncia resultara mediáticamente rentable. No lo hicieron desde categorías identitarias ni desde los marcos conceptuales hoy predominantes en buena parte del activismo cultural internacional. Su discurso giró alrededor de conceptos como libertad, derechos individuales, censura, prisión política, represión y totalitarismo. |
Precisamente por ello, nunca terminaron de ser plenamente aceptados por ninguno de los dos mundos. El régimen los convirtió en enemigos. |
Pero determinados espacios culturales occidentales tampoco los asumieron como referentes porque su crítica iba más allá del gobierno cubano y alcanzaba cualquier forma de autoritarismo ideológico, viniera de la izquierda o de la derecha, del nacionalismo o del globalismo. |
El precio de no adaptarse a las modas ideológicas |
Las industrias culturales internacionales también producen jerarquías. No todos los disidentes reciben la misma atención. |
Con frecuencia adquieren mayor visibilidad quienes articulan su discurso mediante categorías que conectan con las agendas predominantes del momento. En cambio, aquellos cuya obra continúa centrada en denunciar el comunismo cubano, la represión política o la ausencia de libertades fundamentales suelen quedar relegados a circuitos mucho más pequeños. |
No significa necesariamente que exista una conspiración organizada para silenciarlos. |
Basta con observar cómo funcionan los mecanismos de legitimación cultural: premios, festivales, becas, universidades, fundaciones, editoriales y grandes medios de comunicación suelen privilegiar determinados enfoques y lenguajes. Quienes permanecen al margen de esos códigos encuentran muchas más dificultades para acceder a plataformas de difusión internacional. |
El resultado es una paradoja. |
Muchos de los artistas que asumieron mayores riesgos personales durante décadas son hoy menos conocidos que figuras cuya confrontación con el sistema ha sido más reciente o menos costosa. |
La memoria de una resistencia anterior al 11 de julio |
Otro aspecto frecuentemente olvidado es la cronología de la disidencia cultural cubana. Las protestas del 11 de julio de 2021 marcaron un antes y un después en la percepción internacional sobre Cuba, pero la resistencia ciudadana no comenzó entonces. |
Décadas antes existieron músicos, escritores, periodistas, humoristas y artistas visuales que denunciaban públicamente la represión cuando hacerlo implicaba perder el trabajo, sufrir golpizas, ser encarcelados o verse obligados al exilio. |
El propio Gorki dedicó una de sus composiciones al Maleconazo del 5 de agosto de 1994, recordando que las explosiones sociales en Cuba no nacieron con las redes sociales ni con las nuevas generaciones. |
Aquella protesta fue la primera manifestación masiva contra el régimen desde 1959 y dejó una huella profunda en la memoria de quienes la vivieron. Sin embargo, durante años permaneció prácticamente ausente de buena parte del relato internacional sobre la oposición cubana. |
Una deuda con la historia cultural cubana |
Reconocer a artistas como Gorki Águila no implica convertirlos en figuras incuestionables ni compartir todas sus posiciones. Significa, sencillamente, incorporar al relato histórico a quienes pagaron con cárcel, censura, vigilancia o destierro el precio de ejercer su libertad creadora. |
La historia cultural de Cuba no puede escribirse únicamente desde los escenarios oficiales ni desde los espacios internacionales donde determinadas agendas ideológicas determinan qué voces resultan visibles y cuáles permanecen en los márgenes. |
Existe toda una generación de creadores que nunca aceptó pactar con el poder, que denunció la naturaleza totalitaria del sistema cuando hacerlo significaba el aislamiento absoluto y que tampoco adaptó su discurso a las corrientes intelectuales predominantes fuera de la isla para obtener reconocimiento. |
Quizá por eso continúan siendo los grandes olvidados. Su legado no reside únicamente en sus canciones, sus libros o sus obras plásticas. También forma parte de la memoria moral de un país que algún día deberá reconstruir la historia completa de su resistencia, incluyendo a quienes nunca encontraron refugio ni en la propaganda oficial ni en las modas ideológicas del momento. |
Porque, al final, la independencia artística suele tener un costo elevado: quedarse sin el aplauso del poder, pero también sin el de quienes solo celebran aquellas disidencias que encajan con sus propias convicciones. |
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