La batalla por Miami

 


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La nación cubana cuenta con dos grandes ciudades. Una es La Habana, la capital histórica que hoy sigue cautiva bajo el yugo de una dictadura marxista-leninista. La otra es Miami, una ciudad situada bajo la jurisdicción territorial de Estados Unidos, pero que, a lo largo de las décadas, se ha convertido en una ciudad tan cubana como la propia La Habana. Si La Habana encarna la tragedia de una república ocupada, Miami representa la continuidad de la nación cubana en libertad. Es allí donde una vigorosa comunidad de exiliados ha preservado los ideales del gobierno constitucional, la libertad individual y la restauración democrática. Se ha convertido en el centro político, intelectual, cultural y económico de una Cuba que se niega a rendirse.


Durante más de seis décadas, la nación cubana fuera de la isla ha mantenido una postura notablemente coherente. La crisis de Cuba no puede resolverse mediante reformas cosméticas, ajustes administrativos o aperturas económicas diseñadas meramente para prolongar la vida del régimen existente. Una reconciliación nacional auténtica requiere algo mucho más profundo: el desmantelamiento completo del sistema totalitario y la restauración de una república democrática regida por el Estado de derecho. El hecho de que el Estado comunista cubano imitara los modelos económicos de China, Vietnam o la Rusia postsoviética no alteraría la realidad fundamental de que un monopolio político leninista sigue siendo incompatible con la libertad.


Es precisamente esta postura inquebrantable la que se ha convertido en uno de los mayores obstáculos estratégicos de la dictadura. Desde 1959, el castrocomunismo ha dedicado enormes recursos a influir, dividir, infiltrarse y neutralizar a la nación cubana en el extranjero. Las organizaciones de la oposición, los círculos académicos, las instituciones culturales, las redes políticas, las comunidades empresariales y las plataformas mediáticas se han convertido, en distintos momentos, en objetivos de operaciones de influencia diseñadas para debilitar el apoyo al cambio democrático. El objetivo rara vez ha sido persuadir a la comunidad del exilio para que abrace el comunismo sin reservas. Una meta mucho más alcanzable ha sido fomentar la neutralidad, la resignación, la ambigüedad o el desánimo respecto al propio cambio de régimen. Ese esfuerzo ha fracasado en gran medida.


En todo caso, Miami se ha convertido en el principal bastión democrático de la nación cubana. Ha generado el liderazgo político, la memoria institucional, los recursos económicos y la defensa internacional que siguen poniendo al descubierto ante el mundo la verdadera naturaleza del castrocomunismo. Consciente de esta realidad, la dictadura ha ido perfeccionando constantemente sus métodos. Desde la década de 1990, la campaña para «domesticar» a Miami se ha acelerado considerablemente. Cada década que pasa ha sido testigo de esfuerzos cada vez más sofisticados por normalizar la dictadura, difuminar las distinciones morales y redefinir lo que constituye un discurso aceptable sobre Cuba comunista. Hoy en día, con una Administración estadounidense que presta una atención renovada a Cuba y un secretario de Estado cubano-estadounidense que contribuye a dar forma a la política de Washington hacia la isla, la importancia estratégica de neutralizar la nación cubana en el exterior se ha vuelto aún mayor desde la perspectiva de La Habana.


Es en este contexto estratégico más amplio donde ciertas narrativas cuidadosamente cultivadas merecen un análisis minucioso. Hay un hecho que no admite ninguna duda seria. El sistema de prisiones políticas de Cuba ha sido documentado durante décadas por antiguos presos, familiares, organizaciones internacionales e innumerables testigos presenciales como un sistema caracterizado por privaciones severas, coacción psicológica, maltrato físico, castigos arbitrarios, aislamiento prolongado y violaciones sistemáticas de la dignidad humana. No se trata de una acusación aislada, sino de un historial abrumador. Constituye la norma y no la excepción.


La historia también nos enseña que existen excepciones. A lo largo de la historia de los sistemas penitenciarios comunistas, algunos reclusos han aceptado distintos grados de colaboración con las autoridades penitenciarias y, a cambio, han recibido un trato menos severo que el impuesto a la mayoría. Tales casos han surgido en muchos sistemas dictatoriales. Su existencia no invalida la brutalidad del sistema en sí mismo; más bien, subraya el poder discrecional de las instituciones totalitarias para otorgar privilegios de forma selectiva siempre que ello sirva a los intereses institucionales.


En este contexto bien establecido, los relatos que hacen referencia a la creación de miles de obras de arte durante el encarcelamiento, al disfrute habitual de una alimentación excepcional, al acceso privilegiado al que no tienen acceso los reclusos comunes u otras circunstancias inusualmente favorables suscitan, naturalmente, preguntas legítimas por parte del público. Tales anomalías no pueden separarse simplemente de las realidades más amplias de un sistema penitenciario cuya característica definitoria ha sido durante mucho tiempo la represión. Las experiencias extraordinarias dentro de un sistema penitenciario extraordinariamente cruel exigen una explicación extraordinaria.


No es necesario alegar un reclutamiento formal o una colaboración consciente para reconocer cómo operan los servicios de inteligencia totalitarios. Las operaciones de influencia modernas no suelen basarse en agentes declarados, sino en situaciones, narrativas, personalidades y circunstancias que, objetivamente, promueven objetivos estratégicos. No es necesario que una persona tenga la intención de hacer propaganda para que la propaganda se beneficie de su imagen pública, su testimonio o su conducta.


El objetivo no es necesariamente persuadir a los observadores de que las prisiones cubanas son humanas. Tal afirmación se derrumbaría bajo el peso de miles de testimonios acumulados a lo largo de más de seis décadas. Más bien, el propósito es más sutil: introducir confusión donde antes existía claridad moral; normalizar casos excepcionales hasta que parezcan representativos; sustituir la abrumadora evidencia histórica por anomalías cuidadosamente amplificadas; y, sobre todo, transformar lo extraordinario en ordinario. Esta es la banalidad del mal en otra forma: no la negación rotunda de que existe la opresión, sino su dilución gradual a través de una narración selectiva hasta que lo excepcional eclipse la norma.


La dictadura comprende desde hace tiempo que todo proyecto totalitario que tenga éxito requiere algo más que poder policial. Requiere la construcción de un entorno cultural en el que los ciudadanos empiecen a cuestionar realidades que antes eran evidentes por sí mismas. No busca meramente la obediencia, sino la redefinición de la verdad misma. Lo que se ha logrado a lo largo de décadas dentro de Cuba se persigue ahora, mediante métodos diferentes, más allá de sus fronteras. El campo de batalla ya no se limita a la isla; ahora se extiende a las instituciones, los medios de comunicación y la vida cultural de la nación cubana libre.


Por esa razón, Miami debe mantenerse intelectualmente alerta. La respuesta no puede imitar la intolerancia de la dictadura. Toda persona tiene derecho a hablar libremente, a crear arte libremente, a expresar opiniones impopulares libremente e incluso a emplear un lenguaje o un comportamiento que otros puedan considerar vulgar u ofensivo. Estas libertades distinguen a la democracia del totalitarismo y deben permanecer inviolables. Sin embargo, la libertad de expresión nunca ha implicado estar exento del escrutinio público. Los demás tienen el mismo derecho a cuestionar afirmaciones bizarras, analizar circunstancias improbables, criticar la conducta pública y evaluar los relatos a la luz de las pruebas acumuladas por la historia. El discurso democrático exige precisamente ese ejercicio del juicio razonado.


La batalla por Miami no es, por lo tanto, meramente geográfica. Es una batalla por la memoria histórica, la claridad moral, la legitimidad política y la futura identidad de la propia nación cubana. La Habana entiende que, mientras Miami siga sin ser conquistada intelectualmente, las aspiraciones democráticas del pueblo cubano seguirán vivas. Al fin y al cabo, la obra de arte más trascendental no se ha pintado sobre lienzo. El verdadero cuadro, en este caso reciente, lo ha pintado el castrocomunismo.

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🖋️Autor Julio M. Shiling 
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y
The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”),  el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio. Sigue a Julio en:

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