Solo tres días después de la contundente derrota republicana en las elecciones legislativas de medio mandato, Donald Trump anunció este viernes el nombramiento de Stephen Miller como nuevo jefe de Gabinete de la Casa Blanca, en sustitución de Susie Wiles, con efecto desde el lunes 9 de noviembre.
El anuncio, publicado en Truth Social, llegó horas después de que Wiles —primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de Estados Unidos— presentara su dimisión la noche del jueves, tras percibir que Trump había perdido la confianza en ella por la debacle electoral del 3 de noviembre, cuando los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso.
Para David Alandete, corresponsal en la Casa Blanca para varios medios españoles, el nombramiento de Miller envía una señal inequívoca: «Trump no da ni medio paso atrás. Lejos de interpretar la derrota electoral como una invitación a moderar su agenda, el presidente parece decidido a redoblar la apuesta».
Alandete describió el movimiento como «una declaración de intenciones: ninguna concesión a los demócratas, ningún acercamiento al republicanismo tradicional y ninguna rectificación en las políticas que más controversia han provocado, especialmente las deportaciones masivas».
En un vídeo grabado frente a la Casa Blanca mientras los periodistas aguardaban la comparecencia del presidente, Alandete subrayó que el relevo supone un giro nítido respecto a la etapa de Wiles: «Susi era mucho más moderada; pasa a ser ahora alguien que fue el gran cerebro de las deportaciones masivas y de muchas medidas en materia migratoria. Ponerlo de jefe de gabinete envía un mensaje poderosísimo».
Miller, de 41 años, ocupaba hasta ahora el cargo de vicejefe de Gabinete para políticas y asesor de seguridad nacional. Trabaja junto a Trump desde la campaña de 2016 y es considerado el principal arquitecto de las deportaciones masivas y de las medidas migratorias más controvertidas de ambos mandatos: la prohibición de entrada a ciudadanos de países de mayoría musulmana, la política de «tolerancia cero» que derivó en la separación de familias en la frontera y las expulsiones en masa del segundo mandato.
En diciembre de 2025, Miller defendió públicamente la deportación sin audiencia judicial de inmigrantes, incluidos solicitantes de asilo, argumentando: «Hay 15 millones de inmigrantes ilegales. ¡Si cada uno de ellos tuviera el juicio que pides, tardaríamos siglos en expulsarlos!».
El nombramiento tiene implicaciones directas para Cuba. En mayo de 2026, Miller calificó a la isla de «campo de operaciones para los adversarios de América» y «el último bastión del comunismo», y advirtió al régimen: «En definitiva, su destino está en sus propias manos».
Más de 42,000 cubanos tienen órdenes finales de deportación pendientes en Estados Unidos, cifra que cobra nueva relevancia con Miller al frente del aparato ejecutivo de la Casa Blanca.
Las reacciones fueron inmediatas y polarizadas. El líder demócrata de la Cámara, Hakeem Jeffries, calificó a Miller de «xenófobo peligroso» y «extremista imprudente».
El senador Chuck Schumer afirmó que Trump «no ha aprendido nada» de los resultados electorales. Incluso dentro del Partido Republicano surgieron voces críticas: el representante Marlin Stutzman calificó la promoción de «horrible decisión» y Don Bacon dijo que «no fue una buena elección».
Alandete resumió así el significado del movimiento: «El presidente no pretende corregir el rumbo tras el castigo de las urnas, sino profundizar en él».
TOMADO DE «Trump no da ni medio paso atrás»: El mensaje que deja el nombramiento de Stephen Miller
