viernes, 11 de septiembre de 2026

La yihad inconclusa: el 11-S, veinticinco años después

 

Julio M. Shiling


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Este 11 de septiembre se cumple el vigésimo quinto aniversario de un ataque bárbaro contra Estados Unidos y Occidente en general. Casi tres mil inocentes fueron asesinados en un espectáculo de muerte masiva meticulosamente planeado. Los aviones comerciales se convirtieron en misiles. Las torres de oficinas, en tumbas. Las imágenes permanecen grabadas a fuego en la memoria colectiva: las bolas de fuego, el acero derrumbándose, los saltos desesperados al vacío. No fue simplemente un crimen. Fue una declaración.

Esa declaración no fue emitida por un grupo aleatorio de fanáticos criminales que actuaban en el vacío. Los hombres que pilotaron aquellos aviones estaban llevando a cabo, a un nivel más espectacular y público, los dictados de larga data de una ideología llamada islam. Recurriendo a la guerra ideológica sancionada por el Corán conocida como yihad —una campaña continua de conquista que ha persistido, de una forma u otra, desde el siglo VII—, los islamistas han tratado de reordenar el mundo de acuerdo con sus textos «sagrados». Las brigadas de Al Qaeda que llevaron a cabo los atentados de 2001, al igual que Hamás, los talibanes, el Estado Islámico, diversos aspirantes al califato chií y una multitud de otras organizaciones fundamentalistas musulmanas, comparten un denominador común que las convoca a la guerra contra Occidente: la civilización judeocristiana que, por imperfecta que sea, sigue defendiendo la conciencia individual, el gobierno limitado y la separación de lo sagrado del poder coercitivo del Estado. Esa amenaza no ha desaparecido. Está siempre presente.

La historia proporciona el contexto necesario. En el plazo de un siglo tras la muerte de Mahoma en el año 632, las conquistas islámicas habían transformado violentamente la geografía política y religiosa del mundo cristiano. A través de sucesivas campañas militares, los ejércitos musulmanes arrasaron territorios predominantemente cristianos en Siria, Palestina, Egipto, el norte de África y gran parte de la Península Ibérica. Sometieron al dominio islámico tierras que habían sido cristianas durante siglos y que albergaban algunas de las iglesias, patriarcados, centros teológicos y comunidades más antiguas del cristianismo. A principios del siglo VIII, una enorme parte —cercana a las dos terceras partes— de los principales territorios cristianos que rodeaban el Mediterráneo y se extendían hasta el Oriente Próximo había sido conquistada y ocupada por las potencias islámicas. La rapidez y la magnitud de esta expansión no tenían precedentes: en poco más de un siglo, la espada del islam había separado vastas regiones del mundo cristiano y las había sometido a la dominación política musulmana.

Esta tendencia no terminó en el siglo VIII. Simplemente cambió de táctica cuando la supremacía militar directa dejó de ser posible. Hoy en día, no todas las metodologías de conquista son abiertamente violentas. Algunas se basan en instrumentos más sutiles: el peso demográfico, el activismo jurídico y la negativa sistemática a asimilarse. La inmigración musulmana a gran escala hacia los países occidentales ha funcionado con demasiada frecuencia no tanto como una invitación a unirse a un orden liberal ya existente, sino como un proyecto deliberado para transformar ese orden —sus leyes, sus tradiciones, sus modelos políticos y su autocomprensión cultural—. Se forman sociedades paralelas. Se multiplican las exigencias de adaptaciones a la sharía. La libertad de expresión se ve progresivamente limitada por el miedo a ofender o a la violencia. El largo proyecto histórico continúa por otros medios.

A este peligro se suma la alianza contemporánea entre el islamismo y el marxismo occidental. Ambos rechazan la democracia liberal, el pluralismo y las libertades civiles básicas, considerándolos ilusiones burguesas u obstáculos para la victoria final de los «justos». Uno aporta la energía escatológica del absolutismo pseudorreligioso; el otro, el lenguaje de la opresión sistémica y las tácticas de captura institucional. Juntos forman un frente unido contra la sociedad abierta. Las universidades, los medios de comunicación y sectores de la clase política se han mostrado notablemente susceptibles a esta alianza, tratando cualquier debate franco sobre la doctrina islámica o la continuidad yihadista como una prueba de intolerancia, en lugar de como un ejercicio elemental de autoprotección.

Veinticinco años después de la caída de las torres, Occidente sigue teniendo dificultades para definir con precisión la amenaza. Las conmemoraciones oficiales prefieren el lenguaje anodino del «extremismo» o el «odio», como si el problema fuera un trastorno psicológico sin raíz concreta en lugar de un sistema ideológico coherente con textos «sagrados», precedentes históricos e instituciones vivas. El resultado es una confusión estratégica. La política oscila entre campañas militares que debilitan redes específicas y medidas internas que amplían el espacio demográfico y cultural en el que esas redes reclutan y operan. Al enemigo se le bombardea en el extranjero y, al mismo tiempo, se le da cabida en casa.

Los atentados de 2001 no fueron una aberración. Fueron una incursión especialmente exitosa en una guerra más larga. La ideología que animó a los diecinueve secuestradores sigue inspirando a sucesivas generaciones de militantes, desde los asesinos de Charlie Hebdo hasta los autores de la masacre del 7 de octubre, pasando por los innumerables complots frustrados o consumados en toda Europa y América del Norte. La variante de «poder blando» del mismo proyecto avanza a través de los patrones migratorios, las tasas de natalidad y la silenciosa reescritura de las normas sociales bajo la bandera de la diversidad. Ambos frentes son importantes. Ambos son expresiones de la misma afirmación subyacente: que el orden político y moral de Occidente es ilegítimo y, en última instancia, debe ceder.

Un balance honesto en este aniversario requiere algo más que un duelo ritual. Requiere la recuperación de la memoria histórica y la voluntad de hablar con claridad sobre las fuentes doctrinales del conflicto. La yihad no es una metáfora. Es un programa. Los territorios perdidos en los siglos VII y VIII no se recuperaron con ilusiones ni con llamamientos a la humanidad compartida. Se perdieron por la espada y se mantuvieron por la espada. El Occidente moderno conserva ventajas que los mundos bizantino y visigodo no poseían: superioridad tecnológica, resiliencia institucional y una tradición de pensamiento crítico que sigue vigente. Esas ventajas no sirven de nada si la voluntad de defenderlas se ve erosionada por el sentimentalismo o por el miedo a que nos tachen de algo o a ofender.

Por lo tanto, el 11 de septiembre debería recordarse no como un capítulo cerrado de tragedia, sino como un recordatorio permanente. La yihad emprendida por aquellos autores hace veinticinco años sigue en marcha. Los métodos evolucionan. El objetivo final, no. Una civilización que se niega a reconocer un desafío existencial acabará dejando de ser una civilización. La claridad es el primer requisito para la supervivencia. En este aniversario, esa claridad sigue sin llegar.

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🖋️Autor Julio M. Shiling 
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y
The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”),  el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio. 


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