La muerte necesaria del castrocomunismo

 Julio M. Shiling


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El dictador Raúl Castro tiene noventa y cinco años. Los rumores sobre su muerte inminente —o sobre su fallecimiento ya consumado— circulan con la sombría inevitabilidad que acompaña a cualquier tirano longevo. Independientemente de que las noticias resulten prematuras o no, la verdad subyacente sigue siendo la misma: el último de los hermanos fundadores del sangriento dúo gobernante de Cuba se acerca al final de su vida. Ese hecho no es fortuito. Se trata de un punto de inflexión político.

El castrocomunismo nunca fue simplemente otro régimen marxista-leninista. Fusionó el aparato totalitario del partido-Estado con una estructura sultanista de poder altamente centralizado y personalista. Fidel Castro aportó la ideología carismática y el mito revolucionario. Raúl aportó la fuerza institucional y la continuidad dinástica. La muerte del dictador mayor, Fidel, en 2016 provocó una ruptura fundamental. El hermano superviviente absorbió la autoridad personalista restante y mantuvo intacto el sistema. Con la propia salida de Raúl, ese núcleo personalista se ha agotado definitivamente. Lo que queda es el propio aparato: sigue operativo, sigue siendo depredador y sigue estando ocupado en sus niveles más altos por la familia y sus seguidores.

Las pruebas del sultanismo no son sutiles. Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl, conocido desde hace tiempo como “el tuerto”, ha dirigido el aparato de contrainteligencia. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto conocido como “el cangrejo”, ha dirigido la seguridad y los asuntos personales de su abuelo. Primos y otros parientes ocupan puestos de mando en el ejército, los servicios de seguridad y los feudos económicos que constituyen la columna vertebral cleptocrática del régimen. No se trata de la burocracia impersonal del leninismo clásico. Es una empresa familiar envuelta en lenguaje marxista-leninista y respaldada por un Estado de seguridad totalitario. El término «castrocomunismo» es, por lo tanto, preciso: designa tanto la ideología como el mecanismo dinástico que la ha sostenido durante sesenta y siete años.

La muerte de cualquier tirano es motivo de celebración. El balance moral es inequívoco. Fidel y Raúl Castro presidieron un sistema que asesinó, encarceló y exilió a cientos de miles de cubanos y, básicamente, destruyó un país. La dictadura de los Castro exportó violencia y subversión por toda América Latina, África y más allá. Trató a ciudadanos estadounidenses y a otras personas como instrumentos desechables del teatro geopolítico. Que hayan escapado a la justicia formal es una tragedia que se mide en tumbas sin nombre, familias destrozadas y décadas de testimonios silenciados. Su desaparición física no borra los crímenes. Simplemente retira del escenario a los últimos fundadores vivos.

Sin embargo, el sistema que construyeron les sobrevive. El castrocomunismo no es un culto a la personalidad que se derrumba con sus figuras de culto. Es un orden estructurado de control del partido, dominio militar, monopolio económico y represión sistemática. La muerte de Raúl Castro acelerará la desintegración del cemento personalista que mantenía unida la estructura, pero no disolverá automáticamente dicha estructura. Quienes siguen formando parte de él y se benefician de él —los dirigentes del partido, los generales, los jefes de seguridad y la amplia red familiar— tienen todos los motivos para preservar los mecanismos que garantizan su poder y su saqueo. La continuidad es su proyecto.

La justicia, por lo tanto, exige algo más que la muerte natural de un anciano cruel. Exige la muerte deliberada del sistema. Cuba debe ser «descastrocomunizada». La monstruosidad comunista y cleptocrática que ha gobernado la isla durante casi siete décadas debe ser desmantelada por completo. Ese proyecto no es venganza. Es el paso previo necesario para cualquier apertura democrática genuina. Un ambicioso proceso de justicia transicional debe examinar todo el historial: las prisiones políticas, las ejecuciones extrajudiciales, el exilio forzoso de toda una generación, el sabotaje económico de la nación y los crímenes internacionales cometidos en nombre del «internacionalismo». El sangriento legado de los hermanos Castro debe documentarse, darse a conocer y juzgarse para que no pueda ser blanqueado por sucesores que, de lo contrario, proclamarían reformas mientras conservan las palancas esenciales del control.

La alternativa es conocida y deprimente: una sucesión controlada, una liberalización cosmética, una represión selectiva y la continua extracción de riqueza por parte de las mismas redes bajo nuevas etiquetas. La historia ofrece demasiados ejemplos de regímenes totalitarios que sobrevivieron a sus fundadores solo para reproducir las mismas patologías bajo diferentes rostros. El castrocomunismo ya ha demostrado su capacidad de adaptación sin renunciar al poder. Solo el desmantelamiento sistemático de sus instituciones, la denuncia de sus crímenes y la destitución de quienes lo han sostenido pueden impedir ese desenlace.

La muerte de Raúl Castro, cuando llegue, será una contribución a la desintegración del régimen. No será la victoria en sí misma. La victoria y la verdadera liberación solo llegarán con la muerte del castrismo-comunismo en su totalidad: la ideología, el aparato de seguridad, los privilegios dinásticos y la cultura de impunidad que ha definido la vida pública cubana desde 1959. Hasta que se logre esa muerte más amplia, el pueblo cubano seguirá sometido a un sistema diseñado para sobrevivir a cualquier hombre, por mucho que haya vivido y por muchos que haya destruido.

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🖋️Autor Julio M. Shiling 
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y
The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”),  el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio. 


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